La llaman la Mujer de Pueblo. Su mirada siempre al frente, la sonrisa en la punta de sus labios. Con pasos firmes camina decidida y ya nadie la puede detener.
Ella se cansó de vivir en un mundo donde su voz no era escuchada, donde sólo en susurros podía expresar lo que su corazón gritaba, donde su cabeza debía permanecer baja, y sus sueños se quedaban en fantasías nocturnas.
Antes era Otra, no era Ella, era lo que se esperaba que fuera, lo que la rectitud del qué dirán exigía. Y no se trataba de ser madre abnegada, esposa sumisa o jovencita recatada; no, era sentarse y esperar que la vida pasara, sin tomar la iniciativa. Su vida no era suya, era un producto de una sociedad en donde no se le pidió opinión jamás.
Pero un día llegó el despertar, cayó de bruces y se rompió el alma, sus pies ya no estaban en la tierra firme que creía era su vida, ahora no había nada bajo sus talones. Flotaba en un limbo de confusión, soledad y dura realidad.
Llegó al fondo y despertó, y lo que empezó como un susurro se convirtió en un grito a viva voz. Recogió los pedazos de su alma, agarró su vida con ambas manos y empezó por fin a ser Ella.
No fue un camino fácil este del empoderamiento, levantar la mirada era un reto lleno de miedos por vencer; dejar de soñar en silencio la llenaba de vergüenza, ya no era lo que le habían enseñado a ser, lo que pensó que la sociedad esperaba de una mujer.
La primera vez que Ella escuchó su propia voz en alto se asustó, qué cobarde se sentía a veces. Sin embargo, no se rindió, ya había caído bastante, no había más forma de vivir que seguir levantándose.
Cada vez lograba dar un paso más al frente, hasta que su voz alta y clara empezó a hacer eco en su entorno. Se dio cuenta de que sus opiniones contaban, de que sus sueños no eran meras fantasías y que su vida era suya para vivirla sin moldes ni etiquetas.
Fue en ese justo momento, en el que la prosa se volvió rima, y las palabras adquirieron melodía. Ya no simplemente hablaba, ahora cantaba; Y su voz llegaba a cuantos quisieran escuchar, y su sueño ahora era una realidad.
Inició cantando pequeños versos, canciones creadas para entretener y amenizar; pero su voz, que una vez fue un pequeño susurro, ahora tenía poder, tenía iniciativa y quería dejar huella. Ya no era cuestión de ser escuchada, se trataba de dejar un mensaje.
Se sintonizaron entonces su voz y su corazón, para crear melodías únicas, para cantarle al mundo y a la mujer, a todas las que aún bajaban la mirada y esperaban que la vida pasara. Las calles de su pueblo se quedaron pequeñas para tan gran talento, su voz rompió fronteras, ya el campo y la ciudad eran una sola masa que vibraba al ritmo de la libertad e igualdad.
Sus letras eran su alma puesta en canciones, sus miedos, sus esperanzas, sus sueños que ya no eran fantasías, eran objetivos por los que trabajaba cada día. Con su voz llevaba el mensaje de despertar, el que animaba a cada mujer a levantar la mirada y sentirse valiosa, importante y capaz.
Fue así como la Otra Mujer fue muriendo, dándole paso a Ella, a la que llamaban La Mujer de Pueblo, la que se rompió un día y de sus pedazos renació, la que con su voz inspiró a miles de mujeres y hombres, la que canta por amor, llevando esperanza y fortaleza para quienes aún temen.
Y es del pueblo porque sus raíces ahora no están rotas, son fuertes y profundas. Las mismas personas que en un pasado impusieron reglas que le impedían brillar, hoy escuchan su voz y la animaban a continuar. Ella por fin entendió que también hace parte de esta sociedad y que el cambio inicia desde el interior, que para ver transformado su entorno, debía transformarse Ella.
Por eso es La Mujer de Pueblo, la que camina sin miedo, con la mirada al frente, la sonrisa en sus labios y el alma nueva.