Ella se llamaba Laura, y su pasión era escribir. Desde muy niña el lápiz y el papel eran su refugio, calma y fuente inagotable de experiencias. Creció siendo una lectora voraz y una escritora romántica. Le encantaba dar vida a personajes solitarios e independientes, inocentes que encontrarían el amor en el momento menos esperado.
Sus historias eran atrevidas, entretenidas y con la capacidad de aflorar sentimientos ocultos o enterrados en el corazón de sus lectores. Al principio, las novelas rosas eran su línea de trabajo; sin embargo, con el pasar de los años, debido a su transformación como mujer y crecimiento personal, Laura decidió adentrarse en el “Romance Erótico”. Creía que cada una de nosotras debemos mantener activa nuestra “imaginación sexual”, estaba segura de que el erotismo en la mujer es como un músculo, que debía ser trabajado constantemente para no atrofiarse, adjudicaba tantos casos de frigidez femenina a una falla psicológica, a una carencia de inspiración sexual; inspiración que se tomó el trabajo de brindar a cada lectora por medio de sus libros.
En este camino de letras y romance, Laura tuvo varios tropiezos. El primer inconveniente que notó es que a su modo de ver en la cultura y en la industria literaria existen varios sesgos; el primero, una tendencia a creer que las mujeres son muy adecuadas para escribir novelas románticas, pero no para otros géneros. Es decir que, si quieren escribir tratados científicos, ensayos políticos, o dedicarse a un género como el misterio, su trabajo es doble, porque además de ser talentosa debe mostrar valía, probar constantemente que es “apta”. El otro
sesgo es la creencia de que la literatura erótica es pornografía en letras…
Laura fue criada en un hogar convencional y religioso, y si bien sus padres la apoyaron en todos sus proyectos y sueños, ella sentía pavor de mostrarse a la sociedad y ser juzgada. El simple hecho de imaginar a sus familiares o amigos más tradicionales leyendo sus obras hacía que un frío intenso la recorriera de pies a cabeza.
A veces se preguntaba por qué no había decidido escribir tratados científicos o misterio, sentía que esa batalla personal la mostraría más digna, luchar por su valía profesional en un ámbito masculino. Sin embargo, escribir sobre números y ciencias exactas no era lo suyo. Tampoco lo era plasmar la decadencia de la sociedad ni exhortar a nadie a ser diferente. Por sus venas corría la pasión, la felicidad de encontrar el amor con sus personajes, la satisfacción de que sus mujeres tuvieran un hombre atento y generoso en la cama. Quería mostrar a sus lectoras que los orgasmos son un derecho y necesidad, se tomó como misión hacer que quienes leyeran sus historias se identificaran y “ejercitaran su erotismo”.
Laura era fiel seguidora de autoras como:
- Lena Valenti con “Amos y Mazmorras”
- Megan Maxwell con “Pídeme lo que Quieras”
- Christina Lauren con “Beautiful Bastard”
- Samantha Young con “Calle Dublín”
- J.R Ward con “La Hermandad de la Daga Negra”
- Olivia Cunning con “Pecadores”
- Diana Gabaldon con “Forastera”
Ellas y muchas otras tan talentosas, tan capaces y tan valientes. Sus obras están traducidas en varios idiomas para llegar a miles de lectoras en todo el mundo. Estas mujeres eran su inspiración, su ejemplo a seguir. Laura quería salir a la calle sin temor a ser juzgada por sus obras, deseaba ser reconocida como una autora profesional, en un género literario tan respetable y necesario como cualquier otro.
Un día, tomó todas las copias de sus las obras de sus autoras favoritas. Las organizó en orden de lectura frente a ella, Observó cada uno de los libros, e imaginó que eran suyos, vio sus letras recorriendo el mundo, aportando en el libre desarrollo de la sexualidad de miles de mujeres.
En ese momento tomó la decisión. No importó nunca más el qué dirán, podía ser ella misma sin temor al fin.