Mi nombre es Alejandra, pero por muchos años fui Alex, un escritor talentoso, reconocido y
admirado. Me decía a mí misma que era un pequeño precio a pagar, que no le diera muchas
vueltas al asunto, simplemente era un seudónimo, necesario para mí al igual que para muchos
otros artistas.
Alex se convirtió en un escritor con obras vendidas en todo Latinoamérica, el halo de misterio
que lo envolvía al nunca presentarse en público le daba aún más popularidad. Él era para los
grandes críticos literarios, toda una revelación de la escritura moderna.
Y lo alababan diciendo que sus obras eran la mezcla perfecta entre misterio y terror, que usaba
la psicología de cada personaje en su medida justa para hacerlo creíble y envolver al lector en
cada capítulo.
Al principio su crecimiento fue el mío, sus logros eran fruto de mi trabajo y cada palabra de
admiración hacia Alex llegaba como una gota de reconocimiento a mi labor.
Pero un día me cansé de la mentira, decidí abrirme paso en el mundo como lo que soy, una
escritora talentosa, una mujer que escribe y que siente, que ama su trabajo y que vive para él.
Y si bien hace muchos años las mujeres debían escribir bajo el nombre se sus esposos o
parientes porque la sociedad no las aceptaba, entendí que primero debo aceptarme yo, que
antes de mí hubo cientos de mujeres luchando las mismas batallas, abriendo camino a quienes
escribimos para poder ser reconocidas y aceptadas por lo que somos y valemos.
Por eso hoy, quiero decir gracias a todas aquellas primeras escritoras que por muchos años
vinieron bajo la sombra de un seudónimo y que con su constancia y valentía abrieron camino a
todas nosotras:
- Gracias, Charlotte Brontë ( Jane Eyre)
- Gracias, Emily Brontë (Cumbres borrascosas).
- Gracias, Anne Brontë (Agnes Grey)
- Gracias, Amantine Aurore Dupin (Indiana)
- Gracias, Matilde Cherner (Ocaso y Aurora)
- Mary Anne Evans (Silas Marner)
- Gracias, Cecilia Böhl de Faber (La Gaviota)
- Gracias, Louisa May Alcott (Mujercitas)
- Gracias, Colette (El fanal azul)
- Gracias, Mary Shelley (Frankenstein).
Gracias a ustedes y a todas las mujeres que levantaron su voz y su pluma, plasmando en
papel sus historias, dejando huella imborrable de sus pensamientos y mostrando al mundo
que el arte es para todos, y que las buenas letras no tienen género.