Canción sobre canción
Apuntes sobre la vocación artística en el mercantilismo neoliberal.
Nunca tuvimos tanta independencia para desarrollar las iniciativas de nuestra imaginación como hoy. Pero somos exclusivamente nosotros quienes corremos los riesgos materiales y emocionales en lo que emprendamos para sostener nuestra vida.
Como individuos pasamos a encarar sin reservas el mar de oportunidades y peligros que reviste participar del mercado; adoptamos mentalidades de competencia y supervivencia en una vorágine cada día más hostil e inestable; no importa lo que hagamos, estamos a igual distancia de ganarlo todo que de perderlo todo.
Hablar de economía neoliberal es hablar de un sistema económico y político que, lejos de sernos indiferente, influye tanto en nuestra supervivencia como en los modos como nos relacionamos y nos pensamos, como entendemos lo que somos y lo creemos que debemos llegar a ser.
Pareciera que “ser emprendedor” fuera el ideal de ser en nuestra época. En “Emprender: un futuro naranja” el Banco Mundial pone las esperanzas en las industrias culturales y creativas para la generación de prosperidad en nuestro continente, pues contribuyen al 2,2% del PIB de Latinoamérica y El Caribe. Los medios, los gobiernos y políticas internacionales sobre el emprendimiento lo hacen ver como una panacea para solventar tanto la crisis económica como la de sentido vital de la gente ¿Por qué es importante saber esto? Simplemente porque es este el entorno habitado por el artista, así llamado productor o emprendedor cultural.
Mi experiencia no es la misma que todos, pero hay elementos en común. Como unos, siento permanentemente la compulsión a crear de la que habla Fito Páez en Canción sobre Canción (“volver a caminar sobre el hilo pentagrama, seguir desarrollando, querer encender el fuego”) y vivir tras los escenarios, tratando siempre de entender un poco. Comunicando esa búsqueda expresiva personal y compartiendo goces no posibles de otra manera. Y como otros, eso contrasta con emplear una parte significativa del tiempo en subsistir y formarme para hacer de la música algo sostenible.

Es mentira que como músico vas a conseguir trabajo de ocho a seis hasta jubilarte. Y es mejor que así sea. Esa era la promesa de porvenir que conoció la generación anterior. Hoy, más que disponibles parecen obligatorios todos esos saberes que hay que adquirir y que, al menos en teoría, te harán prosperar: hacerte líder, escuchar al mercado, manejar tus finanzas, tus comunicaciones, publicitarte, posicionarte, eficientizar tus procesos, hacer una proyección estratégica a uno, dos, tres años. Ser competitivo. ¿Qué tiene que ver con el camino introspectivo y expresivo de las artes?
Las personas cada vez más se abocan a estos recursos guiados por la promesa de independencia creativa y libertad financiera, promesa sólida para algunos, efímera para otros, de convertir nuestros sueños en algo sostenible, sin importar qué o a quienes perdamos en el camino. Y el tiempo de los artistas se debate entre su perfeccionamiento expresivo y su inserción en el mercado, que significa poder acceder a esa promesa. Pero es eso, una promesa. Una posibilidad. Intangible, impredecible, todo lo sólido se desvanece en el aire.
La asociatividad nos salva. Disminuye riesgos, aumenta beneficios, potencializa lo que se puede lograr, pero más importante, genera redes de apoyo social entre artistas. No se trata sólo de ser sólo competitivo, sino también asociativo.
Piensa en la competencia por sí sola: ¿Sirve de algo en un mundo de todos contra todos, en un mundo en que siempre estamos solos? Sobrevalorar la competitividad en muchos sectores supone una ruptura del tejido social basada en la búsqueda de una ventaja útil para la derrota del otro, y es algo que los actores culturales en su papel promotor de convivencia no deberían permitirse.
Relacionarse con otros en el entorno cultural se facilita cuando reconoces que la persona que tienes frente a ti no sólo comparte contigo la inestabilidad e incertidumbre de la vida misma en un mundo de mercantilismo neoliberal, sino que también hace la misma apuesta arriesgada por sus sueños que tú cuando tomas la decisión de vivir de la música, sin garantías ni paracaídas. Las ventajas de asociarse, que son muchas, pasan a un segundo plano al reconocer el valor intrínseco de las otras personas.
Mi punto no es rechazar todo ese discurso sobre el emprendimiento. Es mejor que se adopten las herramientas y los conocimientos, pero que eso no nos haga inconscientes. No nos haga olvidar cuán importante son los vínculos con los demás por encima de la competitividad; no importa si tus finanzas están en orden, lo importante es el mensaje, entretener, hacer sentir, tocar vidas, el fuego; no olvidar que hacer arte significa generar conciencia en una sociedad cada vez menos consciente.





